A veces no nos damos cuenta, pero el cuerpo se vuelve una especie de campo de batalla silencioso.... Un lugar donde el estrés emocional del día a día se convierte en tensión muscular, los órganos bajo una presión constante se perturban funcional y energéticamente, la movilidad de nuestras articulaciones....
Todo en el cuerpo está conectado. Puesto que existe una conexión sistémica de todo el cuerpo, lo que le pasa a un órgano, lo siente/padece una articulación. Lo que no digiere el corazón, lo carga la espalda. Lo que se retiene en el intestino, hace que se produzca un bloqueo en la pelvis... y así sucesivamente un sin fín de "causas efectos". Cuando esa tensión se sostiene en el tiempo, el cuerpo va intentado compensar. Lo hace por pura " supervivencia" , para seguir adelante. Pero, esas compensaciones no se hacen " gratuitamente", no pasan desapercibidas para la energía de fondo del sistema. Se empiezan también a convertir en patrones musculares defensivos que se van fijando. Con el tiempo, ya no sabemos cómo sería movernos sin esa armadura. Vivimos con músculos tensos, en un estado de mucha demanda de energía sin la debida descarga, y cualquier nuevo estrés se apila encima y se va conformando una compleja "madeja"... Sin ser consciente, el sistema se satura. Todo el cuerpo se convierte en una bola apretada de emociones contenidas, de movimientos retenidos, de palabras no dichas. Y así, simplemente, no hay flujo. No estamos concebidos para vivir así, o mejor dicho, sobrevivir así. Lo que necesitamos no es forzar, sino aflojar con paciencia. Aprender a mover esas capas de tensión profunda, no como quien estira una cuerda tensa hasta que se rompe, sino como quien la va desenrollando suavemente, al ritmo que vaya tocando. Las articulaciones, que muchas veces sentimos rígidas o bloqueadas, son espacios vivos llenos de receptores que le dicen al cerebro dónde estamos, cómo estamos, hacia dónde vamos. Cuando estamos atrapados en " esa madeja" , esos sistemas de autorregulación se alteran. El cuerpo se protege restringiendo el movimiento. La postura cambia. La fluidez se pierde.
Mover, a veces, es recordar. Y recordar, con amabilidad, es empezar a sanar.
Cuando perdemos los nervios, gritamos, maldecimos o reaccionamos de forma desproporcionada ante una situación, solemos creer que la explosión emocional se dirige hacia afuera. Sin embargo, esa descarga también impacta profundamente hacia adentro, afectando nuestro sistema nervioso, inmunológico y hormonal. Cada episodio de estrés agudo activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HHS), liberando cortisol y adrenalina. Estas hormonas, en exceso o de forma sostenida, pueden generar inflamación sistémica, alterar la microbiota intestinal, debilitar la función inmunitaria y desregular el equilibrio interno del organismo. Lo que solemos llamar “perder el control” no surge de un hecho aislado. Es la manifestación de un acumulado emocional no resuelto: frustraciones, miedos, culpas o tensiones que no se han expresado ni gestionado. Con el tiempo, ese cúmulo se convierte en una mecha corta: cualquier estímulo puede encenderla. Aprender a observar, regular y liberar las emociones de forma consciente no solo mejora nuestro bienestar psicológico, sino que también protege la salud física. La educación emocional debería ser parte de la salud preventiva: reconocer los primeros signos de tensión, practicar la respiración consciente, la pausa y la autoobservación puede cambiar radicalmente cómo respondemos ante el estrés. Cuidar nuestras reacciones no es reprimirnos: es aprender a gestionar la energía emocional antes de que se convierta en una descarga destructiva hacia los demás… o hacia nosotros mismos.
Coming soon
Coming soon